
por Marvin Ramírez
Hace veinticinco años, en la mañana del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos fue herido de una manera que toda una generación jamás olvidará.
Casi 3,000 personas inocentes murieron. Familias fueron a trabajar aquella mañana esperando un martes cualquiera y nunca regresaron a sus hogares. Bomberos, policías, trabajadores de emergencia y ciudadanos comunes corrieron hacia el peligro mientras miles intentaban desesperadamente escapar de él.
Los ataques golpearon Nueva York, el Pentágono y un campo cerca de Shanksville, Pensilvania. Pero la herida perteneció a toda la nación.
Para los inmigrantes, especialmente, Estados Unidos ha representado algo extraordinario: un país donde millones de personas procedentes de prácticamente todos los rincones del mundo han llegado buscando libertad, oportunidades y la posibilidad de construir una vida mejor para sus hijos.
El 11 de septiembre, ese país fue atacado.
Pero después ocurrió algo más que merece nuestra reflexión 25 años después.
Estados Unidos sintió miedo.
Los aeropuertos cambiaron. Los controles de seguridad se ampliaron. La vigilancia aumentó. El gobierno adquirió nuevos poderes de investigación. La Ley Patriota de Estados Unidos (USA PATRIOT Act) fue promulgada pocas semanas después de los ataques, ampliando considerablemente las facultades federales con el propósito de prevenir otra catástrofe.
Muchos estadounidenses aceptaron esos cambios porque parecía posible que en cualquier momento ocurriera otro ataque.
Quizás algunas medidas fueron necesarias. El gobierno tiene la responsabilidad fundamental de proteger a su pueblo.
Pero el 11 de septiembre nos dejó otra lección que jamás debemos olvidar: el miedo puede transformar una sociedad libre.
Una vez que los ciudadanos entregan una libertad durante una emergencia, recuperarla puede resultar extraordinariamente difícil.
Los años posteriores al 9/11 produjeron intensos debates sobre la vigilancia gubernamental, la privacidad, los registros, la recopilación de inteligencia y los límites apropiados del poder del Estado. Esos debates continúan hasta nuestros días.
También han surgido innumerables teorías que cuestionan distintos aspectos de los ataques y las explicaciones del gobierno. Los estadounidenses tienen el derecho constitucional de cuestionar a su gobierno, examinar las evidencias y estar en desacuerdo. Esa libertad, por sí misma, forma parte de lo que distingue a este país.
Pero independientemente de lo que cada persona crea sobre esas controversias, existe un hecho histórico que difícilmente puede discutirse:
El 11 de septiembre cambió a Estados Unidos.
Sus víctimas tampoco terminaron con quienes murieron aquella mañana.
La enorme nube producida por el derrumbe del World Trade Center expuso a socorristas, trabajadores, residentes y sobrevivientes a polvo y contaminantes peligrosos. Años después, bomberos, policías, trabajadores de limpieza y civiles han padecido enfermedades respiratorias, cáncer y otros padecimientos asociados con esas exposiciones.
Hoy, el Programa de Salud del World Trade Center del gobierno federal atiende a cerca de 150,000 socorristas y sobrevivientes en todo Estados Unidos.
Ellos son el recordatorio viviente de que, para miles de estadounidenses, el 11 de septiembre nunca terminó completamente.
Por eso, en este 25.º aniversario, debemos recordar mucho más que edificios derrumbándose.
Recordemos a los bomberos que subían las escaleras mientras todos los demás bajaban.
Recordemos a los policías y paramédicos.
Recordemos a los pasajeros del vuelo 93.
Recordemos a los trabajadores cubiertos de polvo buscando entre los escombros.
Recordemos a quienes enfermaron años después.
Recordemos a las familias que todavía miran una silla vacía.
Y recordemos algo más.
La mayor fortaleza de Estados Unidos no son sus rascacielos, su poder militar ni su riqueza. Es una idea plasmada en un sistema constitucional que reconoce que el gobierno existe para proteger las libertades del pueblo, y no que el pueblo existe para servir al gobierno.
La seguridad importa. Pero también la libertad.
Nunca se debe permitir que un ataque terrorista consiga indirectamente aquello que los terroristas jamás podrían lograr militarmente: hacer que los estadounidenses renuncien permanentemente a las libertades que definen a su nación.
Para los millones de inmigrantes que Estados Unidos recibió y que hicieron de este país su hogar, la herida del 11 de septiembre también fue nuestra.
Lloramos juntos.
Reconstruimos juntos.
Y 25 años después, debemos volver a mantenernos unidos: recordando a quienes murieron, cuidando a quienes todavía sufren, defendiendo esta nación y preservando la libertad que hizo que valiera la pena venir a ella.
Recordaremos el 11 de septiembre. Y también debemos recordar el Estados Unidos que estamos decididos a preservar.

