
por el equipo editorial de El Reportero
Cuando El Reportero comenzó a llevar a su portada la controversia sobre las cámaras de vigilancia Flock y a difundir el tema a través de las redes sociales, el asunto no recibía ni de cerca la atención que tiene hoy.
Ahora el debate se extiende rápidamente por todo Estados Unidos.
Ciudades y condados están cancelando sus contratos con Flock a un ritmo acelerado. Según datos recopilados por Secure Justice, con sede en Oakland, 214 jurisdicciones habían abandonado Flock desde 2021, y más de 90 terminaron su relación con la compañía tan solo en agosto.
La controversia ha cruzado las líneas políticas. Los progresistas preocupados por las libertades civiles y la aplicación de las leyes migratorias están cuestionando las cámaras. Los conservadores preocupados por la intromisión del gobierno también las están cuestionando.
Eso debería decirnos algo importante: la privacidad no es de izquierda ni de derecha. Es una libertad estadounidense.
¿Y dónde está San Francisco?
Esta es una ciudad que orgullosamente se presenta como defensora de las libertades civiles, las comunidades inmigrantes, la igualdad y la justicia social. Sin embargo, mientras comunidades de todo el país reconsideran el uso de lectores automáticos de placas, San Francisco continúa operando cientos de ellos.
Las cámaras fotografían las placas y generan información que puede ser consultada sobre los vehículos que circulan por nuestras calles. La policía sostiene que esta tecnología ayuda a recuperar vehículos robados, localizar sospechosos e investigar delitos graves.
Esos son objetivos legítimos.
Pero los objetivos legítimos no justifican automáticamente la vigilancia masiva.
El propio San Francisco ya ha experimentado el peligro. La policía reveló este año que una auditoría descubrió 299 búsquedas indebidas de los datos de Flock de la ciudad realizadas en nombre de agencias federales y de otros estados. El SFPD respondió cortando el acceso del centro regional de inteligencia.
Eso fue apropiado.
Pero las cámaras permanecieron.
Y eso deja sin respuesta una pregunta mucho más importante: ¿por qué cientos de dispositivos deben continuar registrando los movimientos de ciudadanos comunes que no son sospechosos absolutamente de nada?
Las cámaras Flock continúan visibles a lo largo de la calle César Chávez, en el Distrito de la Misión. Los residentes pasan debajo de ellas todos los días.
¿Por qué están ahí?
La justificación siempre es la seguridad pública: recuperar un automóvil robado, encontrar a un delincuente o prevenir un crimen que pudiera ocurrir en el futuro.
Pero si la posibilidad de un delito futuro justifica la vigilancia permanente, entonces se podrían instalar cámaras en cada calle y en cada intersección de Estados Unidos.
Ese es precisamente el peligro.
Los habitantes de San Francisco ya viven bajo una extraordinaria regulación del espacio público. Desaparecen espacios de estacionamiento. Las aceras se convierten en zonas restringidas, a veces sin que los residentes puedan comprender claramente su necesidad práctica. Se rediseñan calles, se multiplican las restricciones y se expande la tecnología de vigilancia.
El gobierno observa, regula y registra cada vez más aspectos de la vida cotidiana.
Debe haber límites.
La Junta de Supervisores ha cuestionado el uso indebido de los datos de las placas, y ese escrutinio es bienvenido. Pero San Francisco debe enfrentar ahora el problema de fondo: ¿debería existir esta red de vigilancia en su escala actual?
Y el alcalde Daniel Lurie debería decir públicamente a los habitantes de San Francisco cuál es su posición.
¿Apoya su administración mantener estas cámaras? ¿Cuánta información deberían recopilar? ¿Quién debería tener autorización para consultarla? ¿Durante cuánto tiempo debería conservarse? ¿Y por qué San Francisco necesita cientos de cámaras rastreando vehículos por toda una ciudad que se enorgullece de defender las libertades civiles?
Estas preguntas merecen respuestas.
Otras comunidades ya no se limitan a hacer preguntas. Están actuando.
San Francisco no debería estar entre las últimas ciudades en reconocer lo que está sucediendo.
La tecnología puede ayudar a combatir el crimen sin convertir a toda una población en objeto de vigilancia continua.
San Francisco debería sumarse al creciente movimiento nacional, reconsiderar este sistema y retirar las cámaras Flock de nuestras calles.
Las cámaras deben ser retiradas.

