
¿En qué nos hemos convertido?
por Marvin Ramírez
El 10 de agosto, la gobernadora de Massachusetts, Maura Healey, firmó una ley que elimina las restricciones específicas del estado sobre los abortos realizados a partir de las 24 semanas de embarazo. Según la ley anterior, dichos abortos solo se permitían cuando eran necesarios para proteger la vida o la salud física o mental de la mujer, o cuando el niño por nacer padecía un diagnóstico letal o grave. La nueva ley sustituye esas condiciones definidas por el “criterio profesional” de un médico.
Sus defensores describen esto como compasión y atención médica. Pero ¿compasión para quién? ¿Dónde está la compasión hacia el niño por nacer, particularmente aquel que ha alcanzado el punto de viabilidad y podría sobrevivir fuera del vientre materno?
A las 24 semanas, no estamos hablando de un grupo invisible de células. El niño tiene un rostro humano reconocible, brazos, piernas, dedos en las manos y los pies. Su corazón lleva meses latiendo. El niño se mueve, responde a los sonidos y continúa desarrollándose rápidamente. Aproximadamente a las 28 semanas —cerca de tres meses antes de un nacimiento a término— sus ojos pueden abrirse y cerrarse.
La medicina moderna trabaja heroicamente para salvar a bebés prematuros nacidos durante estas etapas. Médicos y enfermeras los colocan en incubadoras, los ayudan a respirar y pasan semanas luchando por su supervivencia. Las familias rezan a su lado y celebran cada onza que aumentan. Sin embargo, bajo otras circunstancias, a un niño en una etapa similar de desarrollo se le puede negar la protección más fundamental: el derecho a continuar viviendo.
¿Cómo puede nuestra sociedad sostener simultáneamente estas dos posiciones?
Los defensores de la ley de Massachusetts enfatizan que los abortos en etapas avanzadas del embarazo son poco frecuentes y que a menudo se deben a complicaciones médicas trágicas. Esas realidades deben reconocerse. Algunos padres reciben diagnósticos devastadores y algunos embarazos ponen a las mujeres en grave peligro. Ellas merecen información veraz, un excelente tratamiento médico, apoyo emocional y compasión humana.
Pero los casos difíciles no pueden justificar la eliminación de protecciones claras para todos los niños por nacer que sean viables. Si los legisladores creen que los abortos después de las 24 semanas deben permitirse únicamente en emergencias médicas extraordinarias, deberían escribir expresamente esas excepciones en la ley. En cambio, Massachusetts eliminó las condiciones específicas y dejó la decisión casi totalmente a discreción del médico.
Una sociedad civilizada no condiciona la protección de la vida humana a cuán deseada, saludable o conveniente pueda resultar esa vida. Tampoco debería depender el futuro de un niño viable del criterio privado de un solo profesional, sin salvaguardas legales significativas.
Las sonrisas y los aplausos que acompañaron la firma de la ley fueron especialmente perturbadores. Cualquiera que sea la posición política de una persona, ampliar la facultad legal de terminar con una vida humana en desarrollo jamás debería tratarse como motivo de alegría. No hay nada que celebrar en un aborto. Representa, como mínimo, la pérdida de un ser humano en desarrollo y frecuentemente deja un dolor que los lemas políticos no pueden borrar.
Para muchas personas de fe, la idea de terminar con la vida de un niño poco antes de nacer no solo es equivocada; resulta horrorosa e incluso satánica: una inversión moral mediante la cual la destrucción se presenta como misericordia y a la muerte se le llama atención médica.
También debemos cuestionar el condicionamiento cultural que nos ha traído hasta aquí. Durante décadas se le ha dicho al público que el aborto solamente afecta el cuerpo de la mujer, como si no existieran el latido independiente, el ADN y los órganos en desarrollo del niño por nacer. El lenguaje ha sido cuidadosamente desinfectado. El niño se convierte en “tejido del embarazo”, el aborto pasa a llamarse “atención médica” y la oposición se presenta como un ataque contra las mujeres.
Repetir esas palabras no cambia la realidad biológica.
Una mujer que enfrenta un embarazo inesperado o con complicaciones médicas nunca debe ser abandonada. Necesita ayuda económica, atención prenatal, vivienda, orientación y apoyo después del nacimiento. Cuando existe un diagnóstico mortal, las familias merecen cuidados paliativos perinatales compasivos y la oportunidad de acompañar a su hijo con amor. Proteger la vida del niño por nacer también debe incluir la protección de la madre, no condenarla ni dejarla sola.
Pero la compasión no puede exigirnos que finjamos que solamente hay una vida humana involucrada.
¿Quién habla por el niño que no puede votar, protestar, contratar un abogado ni suplicar misericordia? ¿Quién protege al miembro más pequeño e indefenso de la familia humana cuando el gobierno le retira su protección?
La respuesta deberíamos ser todos nosotros.
Massachusetts ha cruzado una aterradora frontera moral. Otros estados no deberían seguir su ejemplo. Los estadounidenses debemos exigir leyes que protejan a las mujeres durante las emergencias médicas y, al mismo tiempo, establezcan salvaguardas firmes e inequívocas para los niños por nacer que sean viables.
Si no podemos defender a un niño que posiblemente se encuentre a pocas semanas de nacer, la pregunta ya no es solamente en qué se ha convertido el aborto. La pregunta es en qué nos hemos convertido nosotros.

