por el consejo editorial de El Reportero
Más de 140 médicos, enfermeras y otros profesionales de la salud de Yorkshire han hablado con un valor admirable. Están instando a los miembros del Parlamento británico a rechazar el nuevo proyecto de ley sobre el suicidio asistido, advirtiendo que simplemente “no es seguro para los pacientes”.
Su advertencia no debe ser ignorada.
Cuando quienes dedican su vida a cuidar a los enfermos y a los moribundos les dicen a los legisladores que una ley propuesta podría poner en peligro a las personas más vulnerables, la sociedad tiene la obligación moral de escucharlos. Estos profesionales no hablan desde una ideología política, sino desde años de experiencia acompañando el sufrimiento, el miedo, la soledad y la esperanza al lado de la cama de un paciente.
Su mensaje es sencillo: primero hay que mejorar los cuidados al final de la vida antes de ofrecer la muerte como una opción.
Esa es una postura que considero razonable y verdaderamente compasiva.
El debate sobre el suicidio asistido suele presentarse como una cuestión de libertad individual. Escuchamos palabras como “elección”, “dignidad” y “autonomía”. Son valores importantes. Pero la verdadera libertad solo existe cuando las personas cuentan con alternativas reales. Si un paciente no puede acceder a un adecuado control del dolor, a cuidados paliativos, a apoyo emocional o al acompañamiento de su familia, ¿elegir la muerte representa realmente un acto de libertad, o es el reflejo del fracaso de la sociedad?
Incluso el nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, ha reconocido que los cuidados paliativos y la atención social deben fortalecerse antes de avanzar hacia la legalización del suicidio asistido. Tan solo esa afirmación debería hacer reflexionar a los legisladores.
Lo que me preocupa aún más es la dirección que parecen estar tomando muchas sociedades occidentales.
Durante décadas, organizaciones influyentes, gobiernos y figuras públicas prominentes han hablado abiertamente sobre el crecimiento de la población, la disminución de los recursos y el impacto ambiental de la humanidad. El control poblacional no ha sido un tema imaginario; ha formado parte del debate internacional durante generaciones. Las campañas de control de la natalidad, los programas de esterilización en algunos países y las iniciativas de planificación familiar son parte de esa historia.
Precisamente por ese contexto histórico, no puedo evitar preguntarme si la creciente aceptación del suicidio asistido responde únicamente a un sentimiento de compasión. En mi opinión, existe el riesgo de que también refleje una mentalidad cultural que, cada vez más, valora a las personas según su costo económico, su productividad o criterios demográficos, en lugar de reconocer su dignidad inherente como seres humanos.
No estoy afirmando que todos los partidarios del suicidio asistido compartan esas motivaciones. Muchos desean sinceramente aliviar el sufrimiento, y esa compasión merece respeto. Pero las buenas intenciones no siempre producen buenas leyes.
La historia nos recuerda una y otra vez que las sociedades suelen comenzar con excepciones muy limitadas que, con el tiempo, terminan ampliándose. Lo que empieza como una opción exclusiva para enfermos terminales puede extenderse gradualmente a otros grupos una vez que la barrera moral ha sido desplazada. Esa posibilidad merece una profunda reflexión antes de que cualquier nación modifique su legislación.
La verdadera medida de una sociedad civilizada no es la eficiencia con la que resuelve sus problemas, sino la fidelidad con la que protege a quienes no pueden protegerse por sí mismos. Los ancianos, las personas con discapacidad, los enfermos crónicos y quienes luchan contra la depresión o la desesperanza nunca deberían preguntarse si la sociedad preferiría ayudarlos a vivir… o ayudarlos a morir.
La respuesta siempre debe ser la vida.
En lugar de invertir esfuerzos políticos en ampliar el acceso al suicidio asistido, los gobiernos deberían garantizar el acceso universal a cuidados paliativos de alta calidad, servicios de hospicio, atención de salud mental y apoyo para los cuidadores familiares. Una sociedad verdaderamente compasiva debe hacer todo lo razonablemente posible para aliviar el sufrimiento sin eliminar al que sufre.
La advertencia de estos profesionales de la salud británicos trasciende las fronteras del Reino Unido. Nos plantea a todos una pregunta fundamental: ¿Responderemos al sufrimiento humano con más atención y más cuidado, o con un camino más rápido hacia la muerte?
Para mí, la respuesta es clara. La compasión siempre debe extender una mano para sanar, nunca una invitación a renunciar a la vida.
Basado en parte en información publicada por Right to Life UK.

