por el equipo de El Reportero
La reciente «Misa Azteca» presentada dentro de la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, en Los Ángeles, ha reavivado un debate que va mucho más allá de un solo concierto. Plantea una importante pregunta con la que los cristianos han lidiado durante siglos: ¿Hasta dónde puede llegar la Iglesia al acoger las culturas locales sin comprometer la integridad de su fe?
El 27 de junio, la catedral fue sede de una presentación musical que combinó música litúrgica católica tradicional —incluyendo el Kyrie y el Ite, Missa Est— con ritmos aztecas, instrumentos indígenas, poesía en náhuatl y danzas ceremoniales ejecutadas cerca del altar. El compositor Joseph Julián González afirmó que la obra fue inspirada por su devoción a Nuestra Señora de Guadalupe y la describió como una expresión de fe que celebra las raíces indígenas del catolicismo mexicano.
Para muchos de los asistentes, el evento fue un hermoso homenaje a la cultura, la historia y la diversidad.
Para otros, cruzó una línea.
La controversia no gira en torno a si las culturas indígenas merecen respeto. Sin duda lo merecen. Tampoco se trata de negar las contribuciones que los pueblos originarios han hecho al cristianismo en el continente americano. La cuestión es si prácticas que tuvieron su origen como ceremonias religiosas en honor a deidades precristianas tienen cabida dentro de una catedral católica, especialmente en el santuario donde se celebra la Eucaristía.
Comprender el debate requiere mirar hacia la historia.
Antes de la llegada de los españoles en el siglo XVI, la civilización azteca practicaba una religión centrada en dioses asociados con la guerra, la fertilidad, la agricultura y la naturaleza. La danza no era simplemente una forma de entretenimiento, sino parte de ceremonias y rituales dedicados a honrar a esas deidades. Aunque los grupos contemporáneos de danza azteca difieren en sus creencias, algunos presentan estas danzas como patrimonio cultural, mientras que otros continúan describiéndolas como prácticas espirituales arraigadas en las tradiciones indígenas.
La Iglesia Católica ha distinguido durante mucho tiempo entre la inculturación y el sincretismo. La inculturación consiste en expresar la fe cristiana mediante el lenguaje, la música, el arte y las costumbres de distintos pueblos, preservando al mismo tiempo la doctrina católica. El sincretismo, en cambio, mezcla el cristianismo con creencias o rituales religiosos que se originan fuera de la fe cristiana.
Esa distinción está en el centro de la controversia.
Los defensores sostienen que la presentación en Los Ángeles reflejó la identidad cultural de los católicos indígenas, más que un resurgimiento de la antigua religión azteca. Señalan que el cristianismo ha acogido desde hace mucho tiempo las tradiciones artísticas locales. El canto gregoriano, los ritmos africanos, la arquitectura europea y el arte sacro asiático demuestran cómo la Iglesia ha incorporado expresiones culturales sin abandonar sus creencias esenciales.
Los críticos responden que las danzas con raíces en el culto precristiano pertenecen a una categoría diferente. Argumentan que ejecutarlas cerca del altar puede generar confusión entre la adoración cristiana y prácticas que la Iglesia ha rechazado históricamente. Dentro de una catedral, afirman, cada gesto tiene un significado teológico.
El debate también recuerda la controversia surgida durante el Sínodo para la Amazonía de 2019, cuando se realizaron ceremonias relacionadas con la figura conocida como Pachamama en los Jardines Vaticanos. Para muchos católicos, esos acontecimientos suscitaron preocupaciones similares sobre si el respeto a las culturas indígenas había cruzado el umbral hacia la ambigüedad religiosa.
La historia ofrece otra perspectiva a través del relato de Nuestra Señora de Guadalupe. Según la tradición católica, su aparición a san Juan Diego en 1531 inspiró la conversión de millones de indígenas al cristianismo. La imagen de Guadalupe incorporó símbolos familiares para los pueblos originarios, pero permaneció inequívocamente centrada en Cristo y no en la religión que le precedía.
Quizá esa siga siendo la lección perdurable.
La Iglesia siempre ha acogido a todos los pueblos, lenguas y naciones. La diversidad cultural ha enriquecido al cristianismo a lo largo de la historia. Sin embargo, la diversidad por sí sola no responde todas las cuestiones teológicas. A medida que las sociedades se vuelven cada vez más multiculturales, la Iglesia debe seguir preguntándose dónde termina la expresión cultural y dónde comienza el culto sagrado.
Esa conversación merece algo más que consignas. Merece un análisis histórico cuidadoso, respeto mutuo y fidelidad a la fe que la Iglesia ha recibido la misión de preservar.
– Nota del editor: Este artículo fue preparado por el equipo de El Reportero con información del periodista Antonino Cambria, de LifeSiteNews, además de contexto histórico y análisis adicionales.

