
por Marvin Ramírez
El pasado 1 de abril, El Reportero cumplió 36 años de publicación continua. Treinta y seis años de esfuerzo constante, de compromiso con la comunidad y de una lucha silenciosa por mantener un periódico independiente en el Área de la Bahía.
Este proyecto comenzó en la universidad, sin recursos ni estructura empresarial. Solo existía la idea de hacer periodismo y el deseo de informar. En esos primeros días, ni siquiera sabía cómo dirigir a otros reporteros. Estudiantes llegaban con interés en participar, pero yo no sabía qué instrucciones darles. Fue un profesor, Raúl Ramírez, quien me enseñó algo fundamental: tenía que decirles claramente qué hacer.
Desde entonces, todo ha sido aprendizaje. Los errores fueron parte del proceso, pero el tiempo y la experiencia enseñaron a sostener el periódico. No solo se trataba de escribir, sino también de administrar, vender publicidad y proteger la integridad editorial.
Ese ha sido el mayor desafío: mantener la independencia.
En el periodismo tradicional existe una línea clara entre la redacción y la publicidad. Sin embargo, cuando una sola persona asume ambos roles, esa línea se convierte en una batalla diaria. Muchas veces surgen presiones económicas, ofertas o intentos de influir en el contenido. Mantenerse firme ante esas situaciones ha sido una decisión constante durante estos 36 años.
No ha sido un camino fácil. Ha habido momentos sin recursos suficientes, momentos de incertidumbre y dificultades personales. Pero siempre se encontró la forma de continuar. Como alguien que avanza en bicicleta esquivando obstáculos en el camino, así ha sido este recorrido.
A diferencia de muchos periódicos grandes, cuyos dueños cuentan con capital e inversionistas, El Reportero ha sido sostenido por un periodista. Durante años, he asumido múltiples funciones: editor, administrador, vendedor y estratega. A pesar de ello, cada semana se ha logrado publicar una nueva edición.
Ese esfuerzo es lo que define este periódico.
También hubo intentos de expansión. En algún momento se desarrolló El Reportero TV, con equipo e infraestructura disponibles. Sin embargo, la falta de recursos para operar ese proyecto limitó su continuidad. Antes era más común contar con estudiantes y pasantes que apoyaban. Hoy, esa realidad ha cambiado.
Aun así, los proyectos continúan.
Con el paso del tiempo surge una pregunta inevitable: ¿quién continuará este trabajo en el futuro? Es una preocupación real, pero también una motivación para seguir fortaleciendo lo que se ha construido.
El Reportero se ha convertido en una institución.
Su valor va más allá de la información. Representa a una comunidad, a su idioma y a su cultura. Una comunidad sin periódico es una comunidad sin voz. En cambio, cuando existe un medio que la representa, hay identidad y respeto.
Hoy, las herramientas digitales, las redes sociales y la inteligencia artificial ofrecen nuevas oportunidades para crecer y competir en un entorno cada vez más exigente.
Quiero agradecer a todas las personas que han seguido este periódico a lo largo de los años. Muchas veces ese apoyo es silencioso, pero significativo. También agradezco a las empresas y organizaciones que han contribuido a mantener este esfuerzo.
Treinta y seis años después, El Reportero sigue adelante, con el mismo propósito: informar con independencia, servir a la comunidad y mantener viva una voz necesaria.
Y para concluir, recuerdo que esta vocación no comenzó conmigo. Mi abuelo publicó su revista en 1926, titulada El Field, en la que proponía cercar los campos de béisbol y cobrar entrada; esa idea contribuyó al desarrollo de la primera liga profesional de béisbol en Nicaragua, según consta en los registros del diario La Prensa, donde el equipo Boer se enfrentó a los Marines de los Estados Unidos, quienes en aquel entonces ocupaban Nicaragua.
Mi padre, José Santos Ramírez, por su parte, se inició en el periodismo siendo apenas un niño, con una imprenta de juguete. Antes de viajar a los Estados Unidos, ya trabajaba en La Noticia, un diario nicaragüense. Simultáneamente, había fundado también su propio periódico quincenal: El Nuevo Demócrata.
En 1945, emigró a los Estados Unidos. Aquí desempeñó otros oficios para ganarse la vida, pero perseveró en su vocación, imprimiendo y vendiendo su periódico en la calle Market de San Francisco por diez centavos. Tras varios años, regresó a Nicaragua y retomó su labor en La Noticia, donde con el paso del tiempo completó 45 años de servicio en este diario, era considerado una «tercera vía» a la que acudían muchas personas en busca de la verdad.
Mi papá falleció el 12 de junio de 2004 en la ciudad de San Leandro, California, víctima de cáncer en un riñón.
De ello heredé el espíritu: decir lo que debe decirse y sostenerlo mediante el trabajo. Ese es el legado que perdura hoy en El Reportero.

