por el consejo editorial de El Reportero
La pregunta que dio origen a esta columna surgió inesperadamente mientras El Reportero preparaba recientemente un artículo sobre un evento de la Agencia Municipal de Transporte de San Francisco para celebrar la herencia de nuestra comunidad. Durante ese proceso, Beatriz, quien nos proporcionó información para el artículo, planteó una pregunta sencilla pero importante: ¿Debemos llamarnos latinos o hispanos?
Es una pregunta que merece algo más que una respuesta rápida.
La palabra “latino” se utiliza hoy con tanta naturalidad en Estados Unidos y en toda América que pocas veces nos detenemos a preguntar qué significa realmente, de dónde proviene o si describe con precisión la herencia histórica y cultural de nuestros pueblos.
Esa pregunta nos llevó a examinar con mayor detenimiento la historia detrás de estos términos. Y lo que encontramos ofrece sólidos argumentos para sostener que, histórica y culturalmente, hispano describe una parte mucho más amplia de nuestra herencia de lo que puede expresar por sí sola la moderna etiqueta de latino.
“Latino” no se originó en América. Sus raíces se encuentran en el Latium —el Lacio—, la región de la antigua Italia donde surgió Roma. A medida que Roma se expandió, el latín, el derecho romano, sus instituciones y costumbres se extendieron por amplias regiones de Europa.
Uno de esos territorios fue Hispania, nombre romano para gran parte de la península ibérica. Siglos más tarde, mediante un largo y complejo proceso histórico, España y Portugal surgirían de aquel mundo ibérico.
Y aquí comienza una distinción importante.
Roma nunca conquistó América. No hubo provincias romanas en México, Perú, Cuba, Nicaragua, Brasil o Argentina. Las legiones romanas no establecieron ciudades americanas, ni fue Roma la que llevó directamente el latín al Nuevo Mundo.
La conexión llegó por otro camino: Roma ejerció una profunda influencia sobre Hispania; España y Portugal surgieron de la península ibérica; y posteriormente españoles y portugueses llevaron a América sus idiomas, instituciones, religión, tradiciones jurídicas y costumbres.
Nuestra herencia europea, por lo tanto, no llegó directamente de Roma. Llegó a través del mundo ibérico.
Esta distinción es fundamental. Nuestra conexión con la antigua Roma es indirecta; nuestra conexión histórica con España y Portugal es directa. Los hispanoamericanos no heredamos el latín de colonizadores romanos. Heredamos el español de España. Los brasileños heredaron el portugués de Portugal.
Entonces, ¿de dónde proviene “América Latina”?
La expresión se consolidó durante el siglo XIX, cuando diversos intelectuales desarrollaban la idea de los pueblos “latinos” en contraste con el mundo anglosajón. Francia también utilizó este concepto en relación con sus ambiciones geopolíticas en América.
Esto plantea una pregunta evidente. Si a los americanos se nos llama latinos porque el español, el portugués y el francés evolucionaron del latín, ¿por qué habría de limitarse esa identidad a América?
El español, portugués, francés, italiano y rumano son lenguas romances derivadas del latín. Son habladas por pueblos de muchas partes del mundo. Hablar una lengua derivada del latín no puede, por sí solo, explicar toda una civilización o identidad cultural.
El idioma tiene una enorme importancia. Pero una cultura es mucho más que un idioma.
Nuestras tradiciones religiosas, sistemas jurídicos, costumbres familiares, celebraciones, arquitectura, gastronomía y formas de entender la sociedad se desarrollaron a través de siglos de interacción entre pueblos indígenas, africanos, españoles, portugueses y muchos otros. Esa historia no puede reducirse al hecho lingüístico de que el español y el portugués descienden del latín.
Brasil ilustra bien esta distinción. Brasil no forma parte de Hispanoamérica en el sentido actual de lengua española, pero sí forma parte de Iberoamérica y comparte profundas raíces históricas con las naciones hispanoamericanas a través de la experiencia ibérica.
Nada de esto significa que alguien deba ser obligado a dejar de llamarse latino. Las identidades evolucionan y, particularmente en Estados Unidos, latino ha adquirido un significado social y cultural ampliamente reconocido.
Pero aceptar una identidad moderna no debería exigirnos olvidar otra más antigua.
Si preguntamos qué término identifica más directamente la herencia histórica y cultural europea transmitida a la mayor parte de la América de habla española, la respuesta no nos lleva directamente a Roma, sino a Hispania y, finalmente, a España.
Ese fue el descubrimiento detrás de la pregunta que dio origen a esta columna.
Podemos llamarnos latinos. Pero también debemos comprender por qué hispano no es simplemente otra casilla en un formulario gubernamental ni una etiqueta anticuada. Describe una herencia histórica que existía siglos antes de que el término moderno América Latina se popularizara.
Nuestras raíces lingüísticas latinas llegaron a América principalmente a través del mundo hispano e ibérico. Reconocer este hecho no borra nuestras raíces indígenas, africanas ni ninguna otra ascendencia. Simplemente reconoce otra parte esencial de lo que somos.
Quizás, entonces, la pregunta no sea si somos latinos o hispanos.
La mejor pregunta sería por qué habríamos de olvidar que antes de que nos llamaran latinos, ya teníamos una historia hispana.


