
por Martín Ramírez
Junio siempre llega acompañado de sentimientos encontrados. Para muchos es el mes de las celebraciones familiares, de los recuerdos felices que trae el Día del Padre. Para mí también es eso, pero es algo más profundo. Es el mes en que regreso inevitablemente a la memoria de mi padre, José Santos Ramírez Calero, cuya partida ocurrió el 12 de junio de 2004. Cada vez que este mes aparece en el calendario, vuelve también la presencia de un hombre que sigue viviendo dentro de mí, no solamente por la sangre que compartimos, sino por las enseñanzas, la visión y el amor que dejó sembrados en mi vida.
Los recuerdos de un padre suelen estar hechos de detalles sencillos. No son necesariamente los grandes acontecimientos los que permanecen, sino esos momentos pequeños que el tiempo convierte en tesoros. Recuerdo cuando me llevó a una zapatería y me compró unos zapatos que me gustaban mucho. Yo tenía entre 3 y 4 añitos. Con su sentido del humor me dijo que eran tan fuertes que podía romper piedras con ellos. Yo le creí. Intenté poner a prueba aquella afirmación infantilmente, y lo que terminó roto fue la punta de la suela del zapato. Hoy sonrío al recordarlo, porque detrás de aquella anécdota estaba la alegría de un padre compartiendo tiempo con su hijo.
También recuerdo cuando me llevaba a las procesiones religiosas. Yo era muy pequeño y, cuando me cansaba, me subía sobre sus hombros, y cuando me bajaba, me dijo: «estás pesado». Desde allí el mundo parecía más amplio y seguro. Años después comprendí que la verdadera seguridad no provenía de la altura, sino de la confianza absoluta que un niño deposita en su padre. Esa confianza es una de las formas más puras del amor humano.
Mi padre también enseñaba con palabras sencillas. Me decía que no criticara a los demás, que hiciera lo mío sin preocuparme excesivamente por lo que otros hacían. Me repetía que yo no era cierta clase de persona cuando veía que podía desviarme por un camino equivocado. Eran consejos breves, pero quedaron grabados profundamente en mi conciencia. Con el paso de los años entendí que aquellas frases eran principios de vida.
Durante mucho tiempo no comprendí hasta qué punto él había influido en mi destino. Fue más tarde, cuando tuve la oportunidad de asistir a la universidad y decidí estudiar periodismo, que descubrí algo importante. Mi padre me había transmitido una manera de observar el mundo, una curiosidad permanente y una vocación por entender la realidad. Él sembró una visión. Muchas de las decisiones que tomé después nacieron de semillas que él había plantado mucho antes.
Por eso su ausencia nunca ha sido completa. Está enterrado en el cementerio de Holy Cross, en Colma, pero su presencia continúa acompañándome. Lo recuerdo y todavía me duele la forma en que murió. Sufrió un cáncer de riñón que considero una prueba demasiado dura para una persona que había trabajado, luchado y entregado tanto. Como hijo, siempre sentí que aquella fue una muerte que no merecía. Hay dolores que el tiempo suaviza, pero nunca elimina por completo.
Quizás por eso, cuando llega el Día del Padre, pienso también en quienes todavía tienen a sus padres vivos. Muchas veces damos por sentada su presencia. Creemos que siempre habrá otra conversación pendiente, otra visita, otra oportunidad para agradecer. Sin embargo, llega un momento en que los recuerdos sustituyen a la voz y la nostalgia ocupa el lugar de la compañía. Entonces comprendemos cuánto significaban aquellos gestos cotidianos que parecían insignificantes.
Los padres tampoco son perfectos. Ningún ser humano lo es. Tienen virtudes y defectos, aciertos y errores, momentos de grandeza y momentos de debilidad. La vida, las dificultades económicas, las preocupaciones y los sufrimientos pueden hacer que una persona no actúe siempre de la manera correcta. Por eso creo que debe existir espacio para el perdón y para la comprensión. Recordar no significa idealizar. Recordar significa entender a quienes hicieron lo mejor que pudieron con las circunstancias que les tocaron vivir.
En este mes especial deseo felicitar a quienes aún pueden abrazar a sus padres. Aprovechen el tiempo. Escuchen sus historias. Pregunten por su pasado. Díganles que los quieren mientras todavía pueden escucharlo. Y a quienes ya no los tienen, les deseo que encuentren consuelo en los recuerdos que dejaron. Incluso cuando hubo heridas, vale la pena intentar comprender antes que juzgar.
Como dijo San Francisco de Asís en su oración, pidamos primero entender antes que ser entendidos. Tal vez allí se encuentre una de las lecciones más profundas de la vida y también una de las mejores maneras de honrar a nuestros padres: comprender su humanidad, agradecer su amor y mantener viva su memoria.

