por el equipo de El Reportero
Aunque la carne roja ha sido durante generaciones un alimento fundamental en la dieta de muchas familias por su alto contenido en proteínas animales, hierro, zinc y vitaminas del complejo B, hoy en día se ha convertido en un lujo difícil de costear. El precio por libra de la carne de res de calidad ha alcanzado niveles sorprendentes, y los consumidores se lo están pensando dos veces antes de colocarla en su carrito de compras.

Visite cualquier tienda de membresía como Costco y notará el cambio de inmediato. Hace apenas un par de años, un paquete con siete u ocho filetes de calidad costaba alrededor de $25. Hoy, ese mismo paquete puede superar fácilmente los $60, e incluso alcanzar los $80, dependiendo del tipo de corte. Esto representa un incremento de más del 200 por ciento. La pregunta natural que surge es: ¿vale la pena seguir comprando carne a estos precios? ¿Y por qué ha subido tanto?
La broma que circula entre los compradores es que tal vez le subieron el sueldo a las vacas, pero la realidad detrás del encarecimiento de la carne es más compleja. Diversos factores han contribuido al alza de precios: desde el aumento del costo de los alimentos para el ganado y el transporte, hasta la sequía que afecta a zonas ganaderas en Estados Unidos y América Latina. Además, la pandemia dejó cicatrices profundas en la cadena de suministro, disminuyendo la producción y aumentando los precios al consumidor.
Pero el consumidor no está sin opciones. Una estrategia que algunos proponen es reducir o suspender temporalmente el consumo de carne roja. La lógica es sencilla: si baja la demanda, eventualmente bajará el precio. “Que se la coman los carniceros ellos mismos”, dicen algunos compradores con tono sarcástico. Mientras tanto, muchos están optando por reemplazar la carne de res con pollo, una alternativa que aún se mantiene relativamente asequible y nutritiva.
El pollo, además de ser más económico, es también una fuente excelente de proteína animal. Contiene menos grasa saturada que la carne de res, lo que lo convierte en una opción más saludable para el corazón. Además, es rico en niacina (vitamina B3), fósforo, selenio y vitamina B6. Aunque la carne de res aporta mayor cantidad de hierro hemo —más fácil de absorber por el cuerpo humano— y vitamina B12, una dieta balanceada con pollo puede suplir adecuadamente muchas de las necesidades nutricionales del cuerpo.
Desde el punto de vista gastronómico, el pollo tiene un punto a favor: su versatilidad en la cocina. Hay cientos de formas de prepararlo, y muchas de ellas son rápidas, sabrosas y saludables. Asado, guisado, al horno, a la parrilla, al curry, empanizado, en tacos, sopas, caldos, al estilo asiático o caribeño… la lista es interminable. Lo que se necesita es un poco de creatividad y disposición a explorar sabores nuevos o tradicionales.
Por ejemplo, con un solo pollo entero se pueden preparar varias comidas: pechugas al ajillo, piernas a la barbacoa, caldo con verduras o un arroz con pollo al estilo latinoamericano. También se puede aprovechar hasta el hueso para hacer un nutritivo consomé.
Además, el pollo es ideal para aquellas personas que están cuidando su peso o que tienen problemas de colesterol alto, ya que su contenido graso es mucho menor si se consume sin piel. En contraste, la carne de res, en especial los cortes más sabrosos como el ribeye o el T-bone, contienen altos niveles de grasa, lo que puede ser perjudicial si se consume en exceso.
A nivel económico, no hay comparación. Un paquete familiar de muslos o pechugas de pollo en Costco aún se puede adquirir por menos de $20, suficiente para alimentar a una familia de cuatro personas por varios días. Incluso en supermercados convencionales, el pollo entero sigue siendo una de las proteínas más asequibles.
Por supuesto, no se trata de demonizar la carne de res ni de eliminarla totalmente de la dieta. Para quienes la disfrutan o la consideran indispensable por razones culturales o nutricionales, siempre está la opción de consumirla con moderación y en menor frecuencia. También se puede optar por cortes más económicos como la carne molida magra o los cortes para guiso.
Otra opción para muchos consumidores preocupados por el precio es buscar alternativas locales. Comprar directamente de ganaderos, en mercados de agricultores o mediante cooperativas puede ser una forma de obtener carne de calidad a un precio más razonable.
Mientras tanto, el consumidor promedio sigue lidiando con el dilema diario en los pasillos del supermercado: carne de res a precios desorbitantes o pollo con múltiples posibilidades. Y en esta encrucijada, el pollo parece estar ganando la batalla, no solo por ser más barato, sino también por su flexibilidad en la cocina y sus beneficios para la salud.
¿Subirá también el precio del pollo? Tal vez. Y cuando eso ocurra, quizás escucharemos decir con humor: “Ahora también le subieron el sueldo a los pollos”. Hasta entonces, vale la pena explorar las infinitas maneras de disfrutar esta proteína mientras el bolsillo respira un poco.

