viernes, marzo 6, 2026
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Una oración de adviento en un mundo al borde

Marvin Ramírez, editor

por Marvin Ramírez

Mientras avanzamos firmemente hacia una de las fechas más sagradas de la humanidad cristiana —el nacimiento de Jesucristo el 24 de diciembre— el mundo vuelve a encontrarse suspendido entre la esperanza y el temor. La temporada navideña está destinada a ser un tiempo de paz, reflexión y renovación. Sin embargo, hoy la política global, las amenazas militares y la incertidumbre económica dominan los titulares, proyectando largas sombras sobre las familias, tanto cerca como lejos, especialmente en toda América Latina.

Desde Medio Oriente hasta Ucrania, y desde Venezuela hasta otras regiones frágiles del mundo, los líderes hablan el lenguaje de las negociaciones mientras los pueblos viven en el lenguaje de la ansiedad. Se nos dice que las guerras podrían estar cerca de resolverse, pero el despliegue militar permanece. Las grandes potencias entablan diálogos que, a veces, parecen menos orientados a la paz y más al reparto de zonas de influencia —como si el mundo mismo fuera un tablero silenciosamente dividido entre los jugadores más poderosos.

Mientras tanto, la población sigue las noticias con creciente inquietud. Algunas informan, otras exacerban. La exageración y la manipulación no son raras, porque el miedo, como la historia nos ha demostrado, es una de las herramientas más eficaces del control político. Una población nerviosa es más fácil de guiar, de presionar y de dividir.

Y, sin embargo, en medio de esta tensión global, permanece intacta una fuerza silenciosa que la humanidad nunca ha abandonado: la oración.

Creo profundamente en la oración. Mucho antes de que existieran las naciones modernas y los sistemas políticos, los pueblos indígenas de América rezaban. Los antiguos imperios latinoamericanos rezaban. Aunque dirigían su fe a distintos dioses y fuerzas de la naturaleza, compartían una verdad esencial: el ser humano siempre ha creído en algo más grande que él mismo. Siempre ha cerrado los ojos para pedir guía, protección, misericordia y paz.

Hoy sumo mi voz a esa antigua tradición. Hoy pido por la paz del mundo.

Pido por los inmigrantes que ahora están regresando a sus países —algunos por la fuerza, otros por necesidad, otros por una difícil decisión. Pido que encuentren estabilidad, dignidad y oportunidades al volver a tierras marcadas por la lucha, pero también por la esperanza. Porque si bien muchos llegaron a Estados Unidos buscando sobrevivir y mejorar, hoy sus naciones los necesitan más que nunca.

Al abandonar sus tierras —sus casas, sus familias y hasta sus responsabilidades políticas— sociedades enteras se han debilitado. Cuando los ciudadanos dejan de participar, la transformación se vuelve imposible. Pero la historia también demuestra que el cambio rara vez llega desde afuera. Nace desde dentro, cuando la gente permanece, se organiza, resiste de manera pacífica y exige rendición de cuentas.

Por difícil que sea, quienes ahora regresan pueden llevar no solo dolor, sino también experiencia, habilidades y una nueva perspectiva que ayude a reconstruir sus países. Los gobiernos, por voluntad o presión, eventualmente tendrán que aflojar su control. Se debe permitir a la gente manifestarse, votar libremente, participar sin miedo y reconstruir las economías que alguna vez los expulsaron.

La ironía de nuestro tiempo es innegable. Los inmigrantes ayudaron a construir a Estados Unidos como una potencia mundial —en sus campos, fábricas, hogares, hospitales. Y ahora, mientras muchos son empujados a marcharse, la misma fortaleza y determinación que sirvió para levantar otra nación será necesaria para levantar la propia.

La Navidad está cerca y el invierno llegó temprano. El frío se ha intensificado, y con él se siente una visible cautela en las calles y en los comercios. Muchos ya no consumen como antes. El miedo cambia los hábitos. La incertidumbre congela los planes. Algunos inmigrantes ya se sienten a medio camino de la partida —presentes físicamente, pero con el corazón preparando la despedida.

Es precisamente en estos momentos cuando la fe debe hablar más fuerte que el miedo.

Debemos orar. Pero también pensar más allá de las fronteras. Estados Unidos creció porque creyó en el poder de acoger a quienes tuvieron el valor de trabajar y soñar. Ahora, quienes regresan deben creer que ellos también llevan el poder de transformar sus países.

Al acercarnos a la Navidad, recordamos que Cristo nació no en comodidad, sino en la incertidumbre. Sin embargo, su mensaje fue claro: la paz es posible, incluso en un mundo violento. La esperanza puede sobrevivir, incluso en el exilio. Y la luz siempre llega, aun en las noches más oscuras.

Que esa luz guíe a las naciones, a los líderes, a los inmigrantes y a quienes los esperan —en casa y más allá de las fronteras.

 

 

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