
por Marvin Ramírez
Hace años, durante el Carnaval de San Francisco, tuve una breve conversación con dos agentes novatos de la policía —una mujer joven y un muchacho— que estaban juntos entre la música, el color y la alegría de la celebración. Era evidente que eran nuevos en la corporación: entusiasmados, orgullosos y felices de formar parte de algo más grande que ellos mismos. Los felicité. Proteger a la comunidad no es una responsabilidad menor. Es un honor, pero también una carga.
Antes de despedirme, le compartí algo que hasta hoy sigue conmigo. Le dije a la joven agente, con calma y respeto: si alguna vez tienes la oportunidad de no matar a la persona que tienes enfrente, no dispares para matar. Le dije que quitar una vida —especialmente cuando pudo haberse evitado— se queda contigo para siempre. En el corazón. En la mente. En los momentos de silencio, cuando el ruido se apaga y el uniforme ya no está puesto.
No hablaba como experto en tácticas ni en armas. Hablaba como ser humano. Si una persona puede ser detenida, inmovilizada o desarmada sin matarla, esa opción siempre debería importar. No estamos en un campo de batalla. Nuestras ciudades no son zonas de guerra. Los policías no son soldados enfrentando a un enemigo. Son servidores públicos que actúan entre civiles: vecinos, familias, niños.
Al ver los hechos recientes en Minneapolis, esa conversación regresó con fuerza a mi memoria. Veo sufrimiento en todos los lados. Veo a las familias de las personas que murieron, destrozadas por el dolor. Pero también veo a los agentes involucrados, personas que ahora deberán vivir con el peso de sus acciones, sean justificadas o no. Una vida perdida destruye más de un futuro. El daño se expande y alcanza a familias, comunidades y al tejido social del que todos dependemos.
Desde hace años escucho que el entrenamiento policial está basado, en parte, en doctrina militar: disparar hasta que el sujeto deje de moverse. No sé qué tan generalizada o exacta sea esa afirmación, pero si tiene algo de verdad, entonces debe revisarse con urgencia. Esa filosofía pertenece al combate, no a la policía comunitaria. Múltiples disparos —tres, cinco, seis, siete— plantean serias preguntas morales y prácticas. Si un solo disparo puede detener a una persona, ¿por qué escalar hasta asegurar la muerte?
La rendición de cuentas es importante, pero la claridad también lo es. El agente que dispara toma la decisión en segundos, según su percepción en ese instante. Su supervisor, el jefe de policía, el alcalde, incluso el presidente, no jalan el gatillo. La culpa no puede simplemente trasladarse hacia arriba. Pero el entrenamiento sí puede reformarse. Las expectativas sí pueden redefinirse. El objetivo debe ser detener la amenaza, no garantizar la muerte.
Al mismo tiempo, debemos hablar con honestidad sobre la cultura de la protesta actual. Cuando las manifestaciones se vuelven violentas —cuando los agentes son atacados, rodeados o provocados— el riesgo de muerte aumenta de manera dramática. Un oficial bajo agresión física reaccionará como alguien que siente que su vida está en peligro. Esa es la realidad, no una ideología. La protesta pacífica es un derecho protegido. La confrontación violenta no lo es. Y cuando estalla la violencia, todos perdemos.
También surgen preguntas serias —planteadas por las propias autoridades— sobre si algunas protestas están siendo organizadas, financiadas o manipuladas para provocar caos en lugar de reformas. Si existen grupos que buscan escalar el conflicto deliberadamente para fabricar indignación o desestabilizar comunidades, eso debería preocuparnos a todos, sin importar la afiliación política. La justicia no puede construirse sobre el desorden provocado.
Lo que me inquieta aún más es la indignación selectiva que observo a nivel global. Multitudes salen a protestar por ciertas causas, mientras el asesinato de mujeres desarmadas en Irán apenas genera reacción en las calles. No cuestiono el derecho a protestar, pero la inconsistencia revela una agenda. ¿Son algunos movimientos menos sobre justicia y más sobre confrontación? ¿Buscan algunas protestas soluciones, o deliberadamente buscan tragedias para alimentar una narrativa mayor?
Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Necesitamos una policía que proteja la vida, incluyendo la de los propios agentes. Necesitamos entrenamiento basado en la contención, el juicio y la humanidad. Y necesitamos protestas que exijan rendición de cuentas sin fabricar violencia. Si fallamos en cualquiera de estos frentes, el ciclo continuará: más muertes, más dolor, más división.
Pienso nuevamente en esos dos jóvenes oficiales en el Carnaval. Espero que recuerden aquel momento. Espero que nunca tengan que cargar con el peso del que les hablé. Y espero que nosotros, como sociedad, decidamos que salvar vidas —no quitarlas— debe seguir siendo la prioridad más alta.

