Francia es uno de varios países que consideran prohibir las redes sociales a menores, incluidos España y el Reino Unido
por el equipo de El Reportero
Con reporte de Antonino Cambria
Francia está a punto de poner a prueba una pregunta que muchos países se hacen en silencio, pero que pocos se atreven a enfrentar de frente: ¿son las redes sociales demasiado peligrosas como para dejarlas en manos de los niños?
La semana pasada, la Asamblea Nacional francesa aprobó de manera abrumadora una legislación que prohibiría a los menores de 15 años acceder a las redes sociales. La votación, 130–21 el 26 de enero, ahora envía el proyecto de ley al Senado. Si se convierte en ley, Francia pasaría de las advertencias y los controles parentales a trazar una línea legal clara. El mensaje es contundente: la infancia y las plataformas impulsadas por algoritmos no se llevan bien.
La propuesta restringiría casi todo el acceso a las redes sociales para menores de 15 años, con excepciones para plataformas educativas. También prohibiría el uso de teléfonos móviles en las escuelas preparatorias, una decisión que probablemente resuene entre maestros y padres que han visto cómo las aulas compiten con notificaciones, desplazamientos infinitos y distracciones virales.
La diputada Laure Miller, autora del proyecto, planteó el tema en términos morales más que técnicos. Las redes sociales, argumentó, no solo han incumplido sus promesas, sino que las han distorsionado activamente. Las plataformas prometieron conectar, informar y entretener. En cambio, dijo Miller, fragmentan la atención, inundan las mentes jóvenes de contenido y atrapan a los usuarios en ciclos de compulsión. Este enfoque refleja una frustración creciente en Europa: la sensación de que las plataformas digitales han transformado silenciosamente la infancia sin un consentimiento democrático.
El proyecto surge tras un informe parlamentario de 2025 que examinó el impacto de TikTok en los niños. Los hallazgos fueron contundentes: diseño adictivo, exposición a contenido dañino y vínculos con depresión, autolesiones e ideación suicida, combinados con una moderación de contenidos insuficiente. El informe recomendó prohibir las redes sociales para menores de 15 años. Los legisladores parecen haber tomado la advertencia en serio, optando por la prohibición en lugar de reformas graduales.
De aprobarse, la ley obligaría a las plataformas a implementar sistemas de verificación de edad y limitar el acceso de menores a ciertas funciones en servicios de mensajería y en plataformas de videojuegos populares como Roblox y Fortnite. Una enmienda haría responsables a las empresas cuando sus algoritmos apunten a cuentas de menores, aunque las sanciones siguen siendo vagas. Las exenciones —plataformas educativas, enciclopedias en línea, directorios científicos y comunidades de software de código abierto— están definidas de manera imprecisa, lo que deja en manos de futuros reguladores trazar los límites. Esa ambigüedad podría convertirse en un campo de batalla legal entre gobiernos y empresas tecnológicas.
La prohibición de teléfonos móviles en los planteles refleja una preocupación paralela: la atención se ha convertido en un recurso escaso. La observación del ministro de Educación, Edouard Geffray, de que no se puede aprender con calma cuando las notificaciones vibran en el bolsillo, suena menos a pánico moral y más a la realidad cotidiana en las aulas modernas. El hecho de permitir excepciones a nivel escolar sugiere que el gobierno es consciente de que las prohibiciones rígidas suelen chocar con necesidades prácticas.
El presidente Emmanuel Macron ha respaldado la iniciativa como una defensa de la libertad cognitiva de los niños. Su discurso presenta a las plataformas de redes sociales no solo como negocios, sino como intereses extranjeros que moldean las mentes jóvenes. Se esté o no de acuerdo con el tono nacionalista, el argumento central resuena: el desarrollo infantil está siendo subcontratado a algoritmos diseñados para maximizar la participación en salas de juntas corporativas a miles de kilómetros de distancia.
El apoyo al proyecto atraviesa líneas partidistas, algo cada vez más raro. Los conservadores lo presentan como una intervención de salud pública. Liberales y sectores de izquierda advierten sobre paternalismo digital, riesgos a la privacidad y un exceso de poder del Estado. Críticos como Jon De Lorraine sostienen que la verificación de edad podría normalizar sistemas de identificación digital, ampliando silenciosamente la vigilancia estatal bajo el pretexto de proteger a los niños. Estas preocupaciones no son triviales. Una política pensada para proteger a la infancia podría convertirse fácilmente en infraestructura para una supervisión más amplia si no existen salvaguardas sólidas.
La decisión de Macron de acelerar el trámite del proyecto refleja urgencia —y cálculo político. El gobierno parece decidido a actuar antes de que se diluya el impulso público o de que otro escándalo obligue a legislar de manera reactiva. Francia no estaría sola. Australia ya aprobó una prohibición amplia para menores de 16 años, con fuertes sanciones para las empresas tecnológicas que no la hagan cumplir. El Reino Unido consulta medidas similares. España avanza hacia requisitos de verificación de edad, aunque enfrenta obstáculos políticos.
Lo que une estos esfuerzos es una admisión compartida: el viejo compromiso —“dejen que los niños usen estas plataformas, pero con cuidado”— ha fracasado. Los controles parentales, las promesas de moderación de contenidos y las campañas de alfabetización digital no han seguido el ritmo de la velocidad y la escala de la influencia algorítmica. Los gobiernos ahora eligen instrumentos contundentes porque las herramientas finas resultaron ineficaces.
La pregunta de fondo es si las prohibiciones realmente protegerán a los niños o si simplemente empujarán su vida digital hacia rincones menos regulados de internet. Las leyes pueden restringir el acceso, pero no pueden eliminar la curiosidad, la presión social ni la gravedad social de los espacios digitales. Aun así, el paso de Francia sugiere un giro en la conversación global. La suposición por defecto —que los niños deben adaptarse a la tecnología— podría estar dando paso a otra: que la tecnología debe ser obligada a adaptarse a los niños.

