por el equipo de El Reportero
En las últimas décadas, el lenguaje del crimen y la justicia ha experimentado cambios profundos, moldeados en gran parte por los movimientos sociales y su influencia en los gobiernos, los sistemas legales y la prensa. Uno de los ejemplos más llamativos es el auge del término femicidio o feminicidio, palabra que ahora aparece en titulares, tribunales y discursos políticos en toda América Latina y más allá. Este concepto se ha convertido en bandera para los defensores de los derechos de las mujeres, pero también ha generado controversia, sobre todo cuando se pregunta si esa terminología debería aplicarse por igual cuando las víctimas son hombres.
En sentido estricto, la palabra femicidio se refiere al asesinato de una mujer precisamente por ser mujer, dentro de un contexto social marcado por la misoginia, la discriminación o la violencia estructural. No es sinónimo de homicidio; más bien, es un reconocimiento de la violencia de género, enraizada en siglos de desigualdad cultural y estructural. Cuando legisladores en países como México, Argentina y Guatemala incluyeron el “feminicidio” en sus códigos penales, pretendían resaltar que estos asesinatos no eran hechos aislados, sino ligados a profundos patrones sociales de dominación masculina.
La prensa adoptó rápidamente el término. Hoy, cuando una mujer es asesinada en circunstancias sospechosas o brutales, los periódicos y noticieros suelen describirlo como un femicidio incluso antes de que los investigadores determinen el motivo. Los activistas sostienen que esto es necesario para presionar a las autoridades que históricamente ignoraron o minimizaron la violencia contra las mujeres. Para ellos, nombrar es un acto de justicia. Al llamarlo femicidio, la sociedad reconoce que las mujeres no son simplemente víctimas de delitos en general, sino de crímenes enraizados en el patriarcado.
Sin embargo, esta adopción tan extendida del femicidio ha provocado una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando la víctima es un hombre asesinado por ser hombre? ¿Existe un término equivalente? El lenguaje existe—algunos académicos hablan de androcidio (del griego andros, hombre) o masculinicidio. Pero estas palabras rara vez aparecen en informes periodísticos o en legislaciones. Los gobiernos no las han reconocido en los códigos penales. Esta ausencia ha creado una sensación de desequilibrio para los críticos que argumentan que la igualdad debería aplicarse en ambas direcciones.
El debate no es meramente semántico. Toca el núcleo de cómo las sociedades conceptualizan la violencia, el género y el poder. Quienes defienden el término femicidio argumentan que existe una asimetría histórica: las mujeres han sido sometidas a violencia sistemática durante siglos, a menudo impune, mientras que los hombres como grupo no han sufrido la misma vulnerabilidad estructural. Desde esta perspectiva, introducir el concepto de “masculinicidio” diluiría la necesidad urgente de enfrentar la violencia contra las mujeres de manera específica.
Por el contrario, los escépticos sostienen que la violencia debe abordarse con una terminología neutral en cuanto al género. Un asesinato es un asesinato, dicen, y crear una categoría especial para un género pero no para el otro corre el riesgo de politizar la justicia. Para ellos, la adopción mediática del femicidio suele sentirse como activismo disfrazado de periodismo. Señalan casos en que los titulares proclaman un femicidio antes de que se establezcan los hechos, reforzando una narrativa más que respetando la neutralidad periodística.
Esta tensión refleja la influencia más amplia de los movimientos feministas en la configuración de la política contemporánea y el discurso mediático. En las últimas tres décadas, las organizaciones de mujeres se han convertido en voces poderosas en la esfera pública, presionando a los gobiernos para adoptar leyes, crear fiscalías especiales y recopilar estadísticas sobre la violencia de género. La prensa internacional, atenta a estos cambios, ha seguido el mismo camino, asegurando que el femicidio permanezca como parte del vocabulario cotidiano. En este sentido, la palabra representa un triunfo del activismo: ha obligado a los estados y a las sociedades a enfrentar una realidad que antes era invisible.
Al mismo tiempo, los críticos advierten sobre consecuencias no deseadas. Argumentan que enmarcar la violencia principalmente a través de una lente de género corre el riesgo de oscurecer otros factores, como la pobreza, el crimen organizado o las crisis de salud mental. Además, el enfoque exclusivo en las mujeres como víctimas puede alimentar la percepción—justa o no—de que el sufrimiento de los hombres es menos visible o menos digno de reconocimiento singular. Cuando los hombres son asesinados en actos motivados por la misandria, la venganza o el odio de género, la falta de un término equivalente reconocido crea una asimetría que algunos consideran injusta.
La controversia, entonces, no trata de negar la realidad del femicidio, sino de si la justicia y el periodismo deberían emplear un lenguaje simétrico. Si el objetivo es la igualdad, ¿no debería también un asesinato de un hombre por razones de género tener un nombre, sea androcidio u otro? ¿O la simetría pierde de vista el punto, ignorando el peso histórico que hace al femicidio distinto?
Lo que complica aún más el asunto es que el lenguaje moldea la percepción. Una vez que un término se asienta en los códigos legales y en el discurso público, guía la manera en que la gente interpreta los hechos. Cuando la prensa etiqueta un asesinato como femicidio, envía un mensaje claro de que la misoginia es un factor a considerar. La ausencia de un equivalente para los hombres indica que tales consideraciones, al menos oficialmente, no son necesarias en sentido inverso. Que uno lo vea como progreso o como desequilibrio depende en gran medida de la postura política y filosófica de cada cual.
Para los responsables de las políticas públicas y los periodistas, el reto consiste en equilibrar el reconocimiento de la violencia estructural de género con el compromiso de ser justos y precisos. Los gobiernos deben garantizar que las leyes no se conviertan en herramientas de favoritismo ideológico, mientras que la prensa debe resistir la tentación de adoptar prematuramente un lenguaje activista. Al mismo tiempo, ignorar las realidades específicas de la violencia contra las mujeres sería un retroceso después de décadas de activismo y sacrificio.
En última instancia, el debate sobre el femicidio y sus posibles contrapartes es un espejo de las luchas de nuestras sociedades con el género, la igualdad y la justicia. Nos obliga a formular preguntas difíciles: ¿logramos la equidad creando categorías especiales o tratando a todas las víctimas bajo un mismo estándar? ¿La prensa está promoviendo conciencia o difuminando la línea entre informar y hacer activismo? Y quizás lo más importante, ¿qué tipo de lenguaje nos ayudará a enfrentar la violencia sin profundizar la división?
Lo cierto es que las palabras importan. El auge del femicidio demuestra el poder de nombrar para transformar la conciencia pública. Reconozcamos o no eventualmente términos como androcidio, la discusión en sí misma revela la compleja interacción entre los movimientos, los medios y el Estado en la construcción de la narrativa de la violencia en el siglo XXI.

