
por Marvin Ramírez
Una gran contradicción recorre nuestras calles: organizaciones comunitarias, activistas y líderes que dicen luchar por los intereses de los más vulnerables —familias trabajadoras, pequeños comerciantes, residentes de larga data— levantan la voz en mítines, marchas y conferencias de prensa. Pero cuando llega el momento decisivo, cuando se abren las urnas, apoyan a los mismos políticos que están desangrando a nuestra comunidad con políticas impopulares, insensibles y, muchas veces, deliberadamente hostiles.
San Francisco, y en particular el histórico Distrito de la Misión, es testigo diario de este atropello. Cada semana, sin consulta, sin discusión pública, las autoridades cambian los espacios de estacionamiento que antes servían a clientes, familias, residentes y trabajadores, convirtiéndolos en zonas amarillas para carga o, peor aún, simplemente los eliminan pintándolos de rojo o amarillo. Lo hacen con tal rapidez que cuesta creer que no hay una intención oculta detrás: seguir encareciendo el acceso a nuestra ciudad, seguir multando a quienes menos pueden pagar, seguir empujando al pueblo trabajador fuera del centro urbano.
Lo que ocurre en la Misión, cerca de la calle 24 y Mission, frente a lugares emblemáticos como McDonald’s, Café La Bohème, hacia la calle Bartlett, es un ejemplo claro de cómo se está sofocando la actividad local. Frente a McDonald’s, por ejemplo, donde hasta hace poco había unos ocho o diez espacios de estacionamiento, hoy no queda ni uno. Todos han sido eliminados: fueron pintados de rojo, prohibiendo cualquier parada o estacionamiento. Y a la vuelta, sobre la 24 hacia Bartlett, pasa lo mismo. ¿Cómo puede una familia venir a comer, comprar o simplemente visitar la zona si no tiene dónde dejar su auto?
Lo peor es que muchos de los líderes comunitarios que deberían estar denunciando esta injusticia, hoy guardan silencio. Muchos de ellos trabajan en organizaciones financiadas por fondos públicos. ¿Se han vuelto cómplices silenciosos por temor a perder ese financiamiento? ¿Se han convertido en porristas de los mismos funcionarios que no se dignan a consultar a la comunidad antes de imponer estas medidas? Es inquietante que, durante las recientes campañas electorales, ninguno de los aspirantes a cargos públicos haya hablado del problema de los estacionamientos. Ni una sola mención. ¿Por qué? Porque saben que sus aliados en la “comunidad organizada” no los desafiarán. Porque saben que nadie les pedirá cuentas.
Lo que ocurre hoy no es casual. Es una política sistemática de acoso al automovilista trabajador. En lugar de construir una ciudad accesible, estamos construyendo una donde el que no puede pagar un Uber o un ticket de $110 por estacionarse mal cinco minutos, queda excluido. Hoy vimos un ejemplo dramático: un camión de entrega de alimentos, de los más grandes, obligado a hacer doble fila por falta de espacios disponibles, recibió no una, sino dos multas. ¿Qué opción tiene ese chofer? ¿Volver al almacén con los víveres porque la ciudad no le deja parar?
Es hora de despertar. Es hora de que las verdaderas organizaciones del pueblo —si es que aún existen— dejen de complacer a los funcionarios de turno y empiecen a representar genuinamente los intereses de los que dicen defender. No basta con publicar fotos sonrientes en eventos culturales. La comunidad necesita acción. Se necesita una iniciativa ciudadana que detenga esta ola de represión sobre el estacionamiento. Se necesita que se lleve este tema a la boleta electoral.
La política urbana debe estar al servicio de la gente, no de un puñado de burócratas desconectados de la realidad o de intereses comerciales que quieren una ciudad vacía de pobres. Y eso solo se logrará si la comunidad se organiza de verdad. Ya basta de discursos. Ya basta de rendirse ante la comodidad de las subvenciones. El pueblo merece calles transitables, accesibles, y una ciudad que no lo castigue por intentar vivir y trabajar dignamente.
Llamamos a todos los líderes, residentes, comerciantes y ciudadanos conscientes a alzar la voz, no solo con pancartas, sino con propuestas concretas que cambien esta realidad. Porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará por nosotros. La boleta electoral es el camino.

