
por Marvin Ramírez
A medida que octubre llega a su fin, San Francisco se llena de altares en espacios culturales y artísticos, donde las personas crean pequeños tributos en memoria de sus seres queridos. Algunos barrios organizan procesiones, y lugares especiales como El Corazón del Pueblo en Oakland ofrecen artesanías hechas a mano mientras honran a los fallecidos. Esta tradición se extiende desde México hasta Nicaragua y Centroamérica: el Día de los Muertos.
Aquí en San Francisco, el 31 de octubre, nos encontramos en la antesala de esta celebración sagrada. Es un momento para recordar a quienes han partido, reflexionar y celebrar las vidas que nos marcaron. Para mí, es la ocasión de honrar a la mujer que me crió—Doña Juana Calero Espinoza, madre de mi padre, José Santos Ramírez Calero, periodista reconocido por su integridad. También recuerdo a mi padre, descansando aquí en Colma. Para todos los que han perdido a alguien, este es un momento para hacer una pausa, ofrecer un minuto de silencio, una oración, una reflexión.
En el mundo hispano, el Día de los Muertos nos une. El idioma, la cultura y la herencia nos conectan, recordándonos que nuestra historia moldea quiénes somos. Así como el español nos une a través de generaciones, recordar a quienes se han ido nos enseña que nuestras raíces y tradiciones dan profundidad y sentido a nuestras vidas.
Esta celebración también es un tributo a la resiliencia. Incluso ante la pérdida, honramos las vidas de quienes nos formaron al continuar sus valores. Mi padre se dedicó al periodismo con ética y compromiso con la verdad, principios que me siguen inspirando. Las enseñanzas de quienes nos precedieron guían nuestras acciones, prioridades y nuestro papel en la comunidad.
Las tradiciones del Día de los Muertos—altares, historias, ofrendas—recuerdan que el duelo y la celebración coexisten. Las familias se conectan, los relatos se transmiten y los niños aprenden sobre sus antepasados y sus sacrificios. Este ritual, ya sea en San Francisco, Ciudad de México o Managua, es una práctica que trasciende distancias y épocas, y nos mantiene unidos.
Al participar en estas tradiciones, también recordamos nuestra vida en Estados Unidos. Muchos de nosotros llevamos el esfuerzo de perseguir el sueño americano mientras honramos a quienes allanaron el camino. El Día de los Muertos integra la historia personal y colectiva con la búsqueda de estabilidad, salud y progreso. Es un momento para reflexionar sobre los sacrificios pasados y fortalecer nuestras comunidades.
Esta celebración también nos invita a la empatía. Recordar a los fallecidos fomenta la compasión hacia quienes están de duelo, reconociendo que la pérdida es una experiencia universal. Nos anima a apoyarnos, valorar las relaciones y reconocer la fragilidad y belleza de la vida. Al recordar a nuestros seres queridos, afirmamos los lazos que nos unen como vecinos, amigos y miembros de la comunidad.
Cada hogar tiene a alguien que se fue. Cada familia conserva historias, recuerdos y lecciones que merecen ser reconocidos. El Día de los Muertos celebra esas vidas, reconociendo la influencia de quienes amamos y perdimos. Es un momento para detenernos, reflexionar y agradecer nuestra herencia compartida y la oportunidad de construir nuestras vidas con propósito.
Estas tradiciones nos recuerdan que, aunque la muerte nos separa físicamente, la memoria y el amor mantienen conexiones que trascienden el tiempo. Nos enseñan a honrar el pasado, valorar el presente y mirar hacia el futuro con gratitud y esperanza. Al encender velas, armar altares y compartir historias en toda el Área de la Bahía, las familias no solo conmemoran a los muertos, sino que nutren una cultura viva que inspira, conecta y fortalece a todos.
En cada hogar, en cada corazón, quienes nos precedieron siguen moldeando la vida que llevamos hoy. Este octubre, al entrar en el Día de los Muertos, recordemos, celebremos y honremos esas vidas, asegurando que su legado perdure y nos guíe hacia adelante.

