Friday - Sep 21, 2018

Un pensamiento en el Día del Padre: recordando a mi papá


by Marvin Ramirez

Marvin J. RamirezMarvin Ramirez

El pasado Día del Padre, escuchaba que la gente asistía a celebraciones. En el supermercado, la cajera me deseó un feliz día del padre.

“Bueno, él murió hace algunos años”, le dije.

“Oh, ¡usted todavía no es padre!”, respondió.

“No, todavía no”, le dije, mientras algunas personas que escuchaban la conversación me miraban.

Mientras conducía, escuchaba programas de radio dedicados a los padres, algunos auditores llamaban y recitaban poemas en honor a sus papás y otros les dedicaban palabras elocuentes, recordando el rol positivo que sus papás habían desempeñado en sus vidas. Escuché a un hombre diciéndoles a los jóvenes cómo nuestros padres nos cuidan hasta que crecemos y nos convertimos nosotros en padres.

Cada año, mientras se acerca el día del padre, mi corazón se entristece. Cuatro días antes de ese día, mi padre, José Santos Ramírez Calero, se fue de mi lado. Falleció el 12 de junio de 2004 en San Francisco. En su estado agónico, justo antes de morir, me dijeron que pronunció mi nombre. Y luego murió. Se había ido. Yo no estaba ahí, no lo vi partir para decirle adiós por última vez.

Durante su funeral, la canción de Piero, Mi Viejo, inmortalizó el recuerdo de mi padre, con esta canción tocando en mi alma y en mi mente. La letra y la música siempre permanecerán en mi corazón y me recordarán a él hasta el día que yo también tenga que partir. Puedo ver a mi padre caminando lenta y pausadamente, tal como dice la canción.

Esta canción tiene la llave que me hace sentir la presencia de mi papá y que me hace llorar cuando la escucho. Su versión original es en español, pero puede escucharla con subtítulos en inglés en el vínculo copiado abajo. Es una canción muy hermosa y emotiva.

José Santos Ramirez CaleroJosé Santos Ramirez Calero

Estoy seguro de que quienquiera que la escuche, también se emocionará.

Es un buen tipo mi viejo/ que anda solo y esperando/tiene la tristeza larga/ de tanto venir andando/ Yo lo miro desde lejos/ pero somos tan distintos/ es que creció con el siglo/ con tranvía y vino tinto/ Viejo mi querido viejo/ ahora ya camina lerdo/ como perdonando el viento/ yo soy tu sangre mi viejo/ Yo, soy tu silencio y tu tiempo/ El tiene los ojos buenos/ y una figura pesada/ la edad se le vino encima/ sin carnaval ni comparsa/ Yo tengo los años nuevos/y el hombre los años viejos/el dolor lo lleva adentro/ y tiene historia sin tiempo/ Viejo mi querido viejo/ ahora ya camina lerdo como perdonando al viento/ yo soy tu sangre mi viejo/ yo, soy tu silencio y tu tiempo.

Puede escuchar la canción con subtítulos en inglés en: http://www.youtube.com /watch?v=Rnisy3nTYl8.

Cuando yo era pequeño, tal vez tenía 2 ó 3 años, mi papá me llevó sobre sus hombros a La Procesión de Varones, una caminata tradicional de la Iglesia Católica, a la que asisten principalmente hombres.

Pero yo era tan pequeño, que cuando me bajó para descansar, no podía ver nada, entonces me puso de nuevo sobre sus hombros y me dijo: “Hijo, estás pesado, dejame descansar un rato”, y me volvió a bajar.

Esos eran los momentos que realmente amaba, estar con mi papi, sólo con él, rodeados de miles de personas que asistían a la procesión. Él era un reconocido periodista, especialmente en Managua, una ciudad tan pequeña en tamaño y población en los ‘60, que la gente siempre lo saludaba.

Él les decía: “Este es mi hijo Marvin”. Yo me sentía tan orgulloso cuando estrechaba la mano de sus amigos, tan orgulloso de tener un padre que era reconocido y también tan feliz de ser su hijo.

Aunque no era muy hablador, me contaba maravillosas historias, muchas de las cuales me dejaron impactado el resto de mi vida.

Fumar se empezó a poner de moda en mi ciudad natal, Managua.

Veía que la gente fumaba a menudo, con estilo y con una expresión arrogante. Pero me di cuenta de que mi papa no fumaba y quise saber por qué.

“Papá, ¿por qué vosno fumas, como la otra gente?”, le pregunté. Me miró, luego miró el techo por un momento, y volvió la vista hacia mi. Hizo una pausa y respondió a mi pregunta, muy calmado.

“Hijo, cuando yo tenía unoas 15 años, fumaba mucho. Me gustaba. No podía irme a la cama cada noche sin haber fumado.

El dinero era escaso, entonces era difícil para mí conseguir cigarillos”.

La imagen de mi papá se me venía a la cabeza: joven, apuesto, aspirando un cigarrillo, como un adicto, sentado en la acera fuera de su casa, mientras mi abuelita ya estaba en cama, esperando que alguien le diera una colilla de cigarrillo.

“Todas los días a las 11 de la noche, esperaba, sentado en la acera, que pasara un hombre como de costumber. La iluminación de la calle era muy débil en esos días en Managua.

La calle se veía solitaria y oscura a esa hora en esos días. Sólo la gente que regresaba a casa del trabajo andaba a esa hora tan tarde.

Era a fines de los años 1920 y principios de los 30, no mucho después de que la marina de EE.UU. desembarcara en Nicaragua y Sandino estubiera a punto de comenzar su guerra de guerrilla contra los invasores.

“Él me daría la colilla de su cigarrillo y eso me encantaba, fumar justo antes de irme a la cama. A veces gastaba el poco dinero que tenía en cigarrillos.

“Pero un día me di cuenta de que fumar era malo para mi salud y veía cómo el dinero que adquiría se hacía humo”.

Su historia era tan increíble que prácticamente me hizo ser un detractor de fumar.

“Tu dinero simplemente se hace humo – lo quemas”, dijo, “¿y sabes cuán difícil es ganarse la vida?”, me preguntó. “Y además, tu boca y tu ropa apestan…”

A veces la gente que me conoce se da cuenta de que nunca fumo y a veces me preguntan si alguna vez he fumado. Dentro de mí, yo sé por qué y me río. Y a veces les digo: “es por una una historia que me contó mi padre cuando era pequeño que me hizo no ser un fumador”.

– Papá, siempre te amaré y siempre estarás en mi corazón. Desearía poder devolver el reloj y ser el mejor hijo que no fui cuando estabas vivo. Te extrañé este Día del Padre.