Thursday - Nov 22, 2018

La titulación en México – la opción de Isabel


por Adam Saytanides

CIUDAD DE MÉXICO – Antes­ de poder desarrollar su economía, México tiene que deshacerse de la corrupción, confrontar el crimen organizado, y cesar el flujo de inmigrantes hacia el norte. Pero todo esto no ocurrirá de la noche a la mañana.

La práctica de pagar la mordida – el soborno – sencillamente está demasiado arraigada en la cultura. En México, parece filtrarse en todos los aspectos de la vida.

El pago por razón de trato especial o favores se da comúnmente en cualquier  sociedad – los escándalos de corrupción y compensaciones abundan en Washington, D.C., por ejemplo. Pero en diferentes culturas, la gente traza sus rayas éticas de manera diferente.

En México, hay una raya de diferencia muy fina entre una propina, la cual se ofrece de forma voluntaria, y la mordida, un soborno que se paga por un sentido de obligación forzada. La diferencia entre la propina y la mordida es tan mínima, que en realidad puede llegar a plegarse la raya entre una y otra.

Mi ahijada Isabel y yo nos enfrentamos a este mismo dilema hace poco en Chilpancingo, la capital del estado de Guerrero. Yo viajé de la Ciudad de México por estar allí con ella el día de su titulación. Isabel me había pedido que la ayudara a prepararse para el gran día.

Los preparativos incumbían arreglar canastas de frutas y refrescos para los tres profesores que administraban el examen. Pero también se encaraba a un dilema, y quería que la aconsejara: ¿cuánto tendría que darles de dinero en efectivo?

Isabel se encontraba fuera de sí pensando que tenía que pagarle 1500 pesos ($135) a cada uno de los profesores.

Esa cantidad es una pequeña fortuna para una joven en un remoto pueblo indígena de la montaña. En su pueblo, se tiene suerte si un trabajo paga ocho o nueve dólares al día. Ninguno de su familia de campesinos llegó a completar la secundaria, mucho menos asistir a la universidad y hacerse abogado.

A Isabel le entró el pánico por este gasto de último minuto.

¿Cómo sabes que tienes que pagarles a tus profesores 1500 pesos?, le pregunté.

La cifra se la dio una amiga quien había aprobado su titulación hacía unos días. La amiga dijo que uno de los profesores le dijo, sin rodeos, que cobra 1500 pesos por el servicio. El mismo profesor se encontraba entre los que examinaban a Isabel, pero no le pidió dinero.

Isabel había estudiado duro. Pero no se le quitaba la idea que titularse podría depender de cuánto dinero en efectivo desembolsaba el día antes del examen.

En México, el examen para titularse de abogado es oral. En su universidad, cada estudiante escoge a los tres profesores de derecho quienes le administrarán el examen oral. Es un proceso algo subjetivo. La candidata está ante tres abogados sentados en una larga mesa – adornada de fruta fresca – y debe responder a una serie de preguntas sobre el sistema legal. La aprueban o la desaprueban allí mismo.

Le pregunté a Isabel si su amiga era buena estudiante.

“No, no mucho. Yo estoy mucho mejor preparada que ella”, respondió Isabel.

Bueno, tal vez el profesor sabía esto, y le tuvo que pagar para poder aprobar, sugerí.

“¡No me insultes la carrera!” protestó. “No los estamos sobornando. Esto se lo damos por su tiempo, como símbolo de nuestro aprecio”.

Le dije que aparentaba ser que los profesores buscaban una mordida, no que los estudiantes por aprecio les ofrecían a sus mentores una compensa voluntaria.

“Mira, así son las cosas aquí”, dijo Isabel, resignándose. “¿Qué crees que debo hacer?”

Me dejó solo para contemplar el dilema.

Es un problema peliagudo. Uno quiere sentir que las credenciales de las ha ganado. Pero, por otro lado, no quiere dejar de compensar al profesor que puede anticipar que se le pagará algo, por si decide desaprobarle por venganza. Toda la vida de Isabel, sin mencionar la posición social de su familia, dependía de los resultados del examen.

Parecía demasiado riesgoso no pagar. Sin embargo, 1500 pesos era una suma extravagante. En su primer empleo como abogada, podría ganar tan sólo 3300 pesos al mes, unos 300 dólares. Mi intuición era que debía darles algo – lo suficiente para que no se sintieran menospreciados, pero nada más allá de su alcance.

Cuando volvió Isabel, le pregunté qué le parecía mejor hacer. Lo que ella pensaba era fundamentalmente lo mismo: pagarles por asegurarse contra la desaprobación, pero no tanto como para sentir que se estaba comprando los resultados.

Tomó tres sobres de su pila de libros de texto y notas, y los puso sobre la cama. Cada uno contenía tres billetes de 200 pesos. Selló los sobres tras escribir cuidadosamente su nombre en la solapa interior. A continuación nos montamos en un minibús que nos llevó de su barrio del cerro hasta el centro de Chilpancingo, para que pudiera pagar a sus profesores y hacer realidad sus sueños.

(Adam Saytanides es periodista y productor de radio con base actualmente en la Ciudad de México. Comuníquese con él a: asaytanides@gmail.com).© 2007