Saturday - Oct 20, 2018

Confronting sugar addiction


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Muchos de nosotros hemos sentido la urgencia, el ansia insoportable que nos lleva a buscar algo dulce y devorarlo en un instante. Este deseo vivo incontrolable de galletas, pastel o helado, o esa entera canasta de pan diciéndonos que nos la terminemos. ¿Por qué come usted de más? ¿Por qué esa galleta ejerce tal poder sobre usted, aún sabiendo que lo va a engordar y a enfermar? ¿Es acaso una indicación de su debilidad moral, su falta de voluntad, o es una poderosa respuesta de su cerebro sobre la que tiene poco control?

Recientemente, se ha desencadenado el debate sobre si la comida chatarra, la comida hiper-procesada, hiper-sabrosa que se ha convertido en nuestra SAD (dieta americana estándar, por sus siglas en inglés), es adictiva de la misma manera en que la heroína o la cocaína son adictivas. Un nuevo estudio publicado en American Journal of Clinical Nutrition sugiere que, de hecho, mientras mayor es su contenido de azúcar, más adictivos son los alimentos glucémicos.

David Ludwig, autor de Poner fin a la lucha alimenticia [Ending the Food Fight] y sus colegas en Harvard, en un estudio muy sofisticado, muestran que los alimentos con más azúcares, que elevan los niveles de azúcar por encima del azúcar de mesa, como la harina blanca, la papa blanca o los almidones refinados, poseen lo que se llama un alto índice glucémico, estimulan una determinada región del cerebro llamada nucleus accumbes, que se conoce como el “grado cero” de la adicción convencional, como el juego o el abuso de drogas.

Recientemente, me dirigí a CBS This Morning para hablar de este estudio innovador. He aquí la entrevista.

Parece que parte de la razón de que cerca del 70 por ciento de los norteamericanos tienen sobrepeso, o que uno de cada dos tenga pre-diabetes o diabetes Tipo 2, no sea la glotonería, la falta de voluntad o la ausencia de responsabilidad personal, sino la vieja y simple, variedad de jardín adicción biológica.

Muchos estudios previos han demostrado cómo esta región del cerebro, el centro del placer, se enciende en respuesta a imágenes o a comer alimentos dulces, procesados o chatarra. Pero muchos de estos estudios usan muy diferentes comidas por comparación. Si usted compara el pastel de queso con los vegetales hervidos, hay muchas razones para que se encienda el centro del placer. Sabe mejor o se ve mejor. Ésta es información interesante, pero no provee pruebas de adicción.

Este nuevo estudio se dio a la difícil tarea de brindar la biología de la adicción al azúcar. Los investigadores realizaron un estudio aleatorio, ciego, cruzado, utilizando el más riguroso diseño de investigación para defenderse del criticismo (que vendría inevitablemente de la industria de alimentos de 3 billones).

Tomaron 12 hombres obesos o con sobrepeso de entre 18 y 35 años, y les dieron un licuado de leche bajo en azúcar o de bajos índices glucémicos (37 por ciento), y, cuatro  horas después, midieron la actividad de la región del cerebro (nucleus accumbens) que controla la adicción. También midieron el azúcar en sangre y el hambre.

Entonces, días más tarde, los regresaron por otro licuado de leche. Pero esta vez modificaron los licuados. Fueron diseñados para tener exactamente el mismo sabor y ser exactamente iguales en todos los aspectos, excepto en cuánto y cómo disparaban los niveles de azúcar. El segundo licuado fue diseñado para ser alto en azúcar con un elevado índice glucémico (84 por ciento). Los licuados contenían exactamente la misma cantidad de calorías, proteínas, grasas y carbohidratos. Piénselo como un licuado hechizo. Los participantes no sabían cuál licuado estaban consumiendo, y su boca no podía distinguir la diferencia, pero sí sus cerebros.

Cada participante recibió un escaneo cerebral y análisis de sangre para glucosa e insulina después de cada versión del licuado. Ellos fueron su propio grupo de control. Sin excepción, todos tuvieron la misma respuesta. El licuado alto en azúcar o de índices glucémicos elevados provocó que se dispararan el azúcar y la insulina en la sangre, y un aumento de los reportes de hambre y ansiedad cuatro horas después del licuado. Exactamente las mismas calorías, dulzura, textura y contenido de macronutrientes.

Pero el hallazgo innovador fue éste: cuando se consumió el licuado de altos índices glucémicos, la nucleus accumbens se iluminó como un árbol de Navidad. Este modelo ocurrió en cada participante individual y fue significativo a nivel estadístico.

Este estudio demostró dos cosas.

Lo primero es que el cuerpo responde en manera diferente a distintas calorías, incluso si la proteína, la grasa y los carbohidratos (y el sabor) son exactamente los mismos.

Y segundo, los alimentos que disparan el azúcar en sangre son biológicamente adictivos.

Este estudio de juego doble debe conducir a un cambio en el discurso sobre la obesidad en América. Existen 600,000 alimentos procesados en el mercado, 80 por ciento de los cuales tienen añadidas altas azúcares. El norteamericano promedio consume 22 cucharaditas de azúcar al día, la mayoría ocultas, y el adolescente promedio tiene 34 cucharaditas al día (más de dos refrescos de 20 onzas).

Una ración de salsa de tomate Prego tiene más azúcar que una porción de galletas Oreo. Los yogures endulzados pueden tener más azúcar que una lata de refresco.

El azúcar es el ingrediente principal utilizado en la industria alimenticia para hacer que los malos ingredientes (harina procesada y químicos) sepan bien. Nuestro consumo ha aumentado de 10 libras por persona en 1800 a 140 libras por persona al año  el día de hoy.

Cada año, el norteamericano promedio consume 133 libras de harina blanca o de trigo, que aumenta el azúcar en la sangre más que el azúcar de mesa (sacarosa).

Cuando un muchacho de 12 años necesita un trasplante de hígado tras una dieta continua de refresco y harina blanca, o cuando un niño de dos años no puede caminar debido a sus 50 libras de gordura, no podemos señalar la responsabilidad personal como responsable de nuestra epidemia de obesidad.

Es el momento de dejar de culpar a la persona obesa. ¿Acaso podemos culpar a nuestros hijos si les suministramos libremente drogas de abuso en el lunch y a la salida de la escuela? ¿Podemos culpar a la persona promedio con sobrepeso? El paisaje nutricional en Estados Unidos es un carnaval de comida.

Kelly Brownell, del Centro Rudd Yale de Políticas Alimenticias y Obesidad, ha creado un cuestionario alimenticio validado que ayuda a determinar si usted es un adicto a la comida. Recientemente, publicó un libro de texto, Comida y adicción [Food and Addiction]  que establece la ciencia de cómo nuestros hiper-procesados, hiper-sabrosos, hiper-dulces alimentos industriales han trastornado nuestra química cerebral y nuestra biología.

Aquí hay cinco indicios de que usted pueda ser adicto al azúcar, la harina y los alimentos procesados:

Usted consume ciertos alimentos incluso cuando no tiene hambre debido a la ansiedad.

Sufre si trata de suspender algunos alimentos.

Se siente lento o fatigado debido a la sobrealimentación.

Tiene problemas sociales o de salud (que afectan la escuela o el trabajo) por cuestiones alimenticias y, sin embargo, continúa comiendo en esa forma a pesar de las consecuencias negativas.

Necesita cada vez más de la comida que ansía experimentar placer o reducir las emociones negativas.

Si usted se encuentra entre aquellos cuya química cerebral, papilas gustativas y hormonas han sido trastornadas por la industria de los alimentos (más del 70 por ciento de nosotros, incluidos 30 por ciento de niños), entonces es tiempo de dejar de culparse a usted mismo y considerar una rehabilitación o una desintoxicación de azúcar.

Existen recursos que pueden ayudar a romper su adicción alimenticia y detener las ansiedades.

Ahora, me encantaría oír de usted.

¿Ha experimentado ansiedades  incontrolables de azúcar y alimentos refinados?

¿Cómo ha afectado eso su vida?

¿Se ha culpado a sí mismo por su conducta?

¿Piensa que debemos cambiar las políticas alimentarias para proteger a los niños del mercadeo de productos que han probado ser adictivos?

Por su buena salud,

Mark Hyman, MD.